Chávez tiene el mismo aspecto que en su última foto

La capilla ardiente estará hasta este vierns (Créditos: AP)

Jesús Alberto Yajure | El presidente Hugo Chávez reposa en su féretro, colocado en un salón de la Academia Militar, mientras miles de seguidores permanecen en fila para rendirle tributo. La estampa del mandatario es similar a la de su última foto, en donde aparece con sus hijas –Rosa Virginia y María Gabriela- y que fue publicada por el gobierno el pasado 15 de febrero.

El tratamiento médico al que fue sometido en los últimos meses parece no haber hecho mella en el líder, trajeado con un atuendo militar –verde oliva- muy formal. Chávez también exhibe cabello debajo de una tradicional boina. Los partidarios que han podido verle ya, se mantuvieron durante horas, de pie, y aguantaron la fatiga ocasionado por la multitud fervorosa que lucha por entrar a despedir al “comandante”.

La gente esperó por horas, bajo un inclemente sol, para ver la caravana que partió ayer temprano desde el Hospital Militar. Miles de personas caminaron, muchos incluso treparon sobre árboles. La devoción por el líder es casi religiosa. Fotografías, imágenes, pinturas. El rostro de Hugo Chávez estuvo en todos lados. Las consignas se extendían como un electrizante eco en una multitud tremendamente conmovida por la pérdida.

“Honor y gloria, por su valentía, a nuestro comandante, Hugo Chávez Frías”, gritaban hombres, mujeres y niños; empleados públicos, amas de casa, familias enteras, estudiantes, profesionales. “Estamos aquí desde las nueve de la mañana. No nos iremos sin verlo”, sentenciaron. En sus rostros estaba la huella del cansancio. “Casi no hemos dormido, la noticia nos agarró ayer en nuestros trabajos. Esto ha sido muy duro”, dice una de ellas.

Los más cautos prepararon bolsos con provisiones de alimentos y agua. Otros cargaron ramos de flores que lanzaron sobre el carro fúnebre, al que también fueron arrojadas franelas rojas y banderas, como presentes. Otros cientos esperaron tras barricadas que tuvieron que ser reforzadas con agentes militares y de la Policía Nacional, ante la amenaza de que la multitud rompiera el perímetro de seguridad. “Queremos ver a Chávez”, exigieron por horas.

A las cinco y media llegaron los restos del líder e impulsor de la revolución bolivariana. La misa, que se extendió por casi hora y media, fue transmitida a través de pantallas gigantes dispuestas en la Academia Militar y a lo largo de todo el Paseo Los Próceres.

Horas después la gente se organizó en al menos cuatro colas distintas, alguna más larga que la otra, que al juntarse en la entrada principal, se convirtieron en una masa asfixiante de personas. Los cuerpos atascados en el acceso, que se encuentra en un extremo del enorme patio que domina la Academia Militar, casi se fusionaban al ingreso, que se convierte en un verdadero cuello de botella.

Hombres y mujeres gritan, imploran a los guardias que les permitan entrar. Una joven de unos doce años es cargada al aire casi al borde del colapso. Al menos doce personas fueron sacadas en camillas y sillas de rueda por Protección Civil entre las 9:00 y las 9:35 pm.

Son las 10 pm y las barricadas que fueron colocadas para controlar a la multitudinaria procesión que acompañó al cuerpo de Chávez fueron removidas ya. Los cuatro canales creados con tubos y fuertemente custodiados por Casa Militar dan paso a detectores de metales y más revisiones corporales. Los visitantes deben extraer las baterías de sus celulares. La advertencia es clara: no se permite tomar fotografías. Luego, a vaciar las carteras, morrales y bolsillos. Todo afuera, a la vista del personal de seguridad. La lista de objetos que no están permitidos es larga: armas, objetos metálicos o punzocortantes, lapiceros, botellas de agua, paraguas, banderas, palos. Todo es tirado en un espacio dispuesto en la entrada.

El tránsito continúa por una serie de barreras que forman un camino serpenteante hacia el Hall principal donde está el ataúd de Chávez. Una serie de ventiladores refresca a los peregrinos con rocío de agua. Muchos han venido desde el interior del país.

Cinco horas y cincuenta metros después, está la imponente entrada al Salón, dominada por un enorme vitral con soldados a caballos en plena batalla por la independencia. Una alfombra roja y el silencio que reina en el lugar exigen ahora al visitante solemnidad y decoro. Elena Frías, la madre de Hugo Chávez, descansa sobre una silla. Su cabeza está apoyada sobre el hombro de su hijo Argenis, sentado a su izquierda. Más allá está Rosa Virginia, la hija mayor de Chávez, quien intercambia gestos de dolor y agradece en silencio las muestras apoyo.

Uno. Dos. Tres. Cuatro segundos, que a muchos no les alcanzan para despedirse de Chávez, dueño todavía de un inédito y especial vínculo capaz de mover algunas de las fibras más profundas en el sentimiento de la mayoría de los venezolanos. Los pasos conducen entonces a un largo pasillo en el que toma lugar otra despedida; un adiós más llano, menos formal. De rodillas, una mujer escribe en uno de los enormes lienzos que recubre la pared: “Gracias Chávez, TE AMO!!! Estarás siempre en nuestros corazones…”

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